GUARISMO DEL OCHO
El Club Cocherito dedicó la tarde del pasado jueves, día 15, a una sesión de cinefórum en torno al largometraje Il momento della verità, del director napolitano Francesco Rosi, protagonizado por el diestro Miguel Mateo, Miguelín (Abarán, Murcia, 1939 – San Roque, Cádiz, 2003). Considerada una de las mejores películas taurinas de la historia —estuvo nominada a la Palma de Oro en el festival de Cannes del año 1965—, el filme provocó un participativo y dinámico coloquio de los aficionados en el que se destacaron tanto los aspectos formales como los contrastes sociales de este melodrama. Los aplausos espontáneos con los que se despidió el acto del Cocherito fueron el reflejo de la satisfacción del público con la calidad de la película y la brillantez del coloquio.
En la presentación del acto, Rafael Ferrer, directivo del Club, hizo una semblanza del director, en la que destacó su compromiso político de izquierdas, presente en toda su carrera y que queda patente en “El momento de la verdad” desde su inicio. Perteneciente a la llamada tercera ola del neorrealismo italiano, Rosi (que empezó en el cine como ayudante de Visconti) hizo una película semidocumental en la que, al mismo tiempo que cuenta la vida de un torero, hace un retrato de la sociedad española de la época.
Esto se pone especialmente de manifiesto en la primera parte de la historia, centrada en la situación de explotación y miseria que empuja al protagonista a meterse en el mundo del toro.
Para ello, en la ficción, Miguelín acude a la escuela de tauromaquia de un personaje real que se interpreta a sí mismo: Pedro Basauri, Pedrucho, torero de Eibar (aunque afincado casi toda su vida en Barcelona, donde se desarrolla la acción). Al tratarse de un club taurino, las intervenciones de la presentación y del propio coloquio se extendieron en la evolución de su carrera taurina, menos triunfal de lo que sus buenas condiciones merecían, tal vez por empeñarse en no abandonar Barcelona, lejos de los centros de decisión del toreo. Fue en la propia capital catalana donde Pedrucho, al retirarse, fundó su escuela taurina, que inspira a la que sale en la película.
También se destacó la vinculación afectiva que el diestro vascocatalán mantuvo con su Eibar natal, con numerosos gestos de generosidad: desde donaciones al hospital de la villa armera a un legado póstumo a su asilo, entre otros detalles. Asimismo, se comentó su curiosa carrera cinematográfica, con intervenciones en varias películas, mudas y sonoras, que no siempre fueron de temática taurina.
Gonzalo Gómez Guadalupe, matador de toros (retirado) y asesor de la plaza de Vista Alegre de Bilbao, que intervino como comentarista en el coloquio, se centró en la figura de Miguelín. Durante su andadura taurina, el diestro vizcaíno coincidió con personas que conocieron bien al matador murciano, sobre todo con el que fuera su apoderado, Pepe Belmonte, y con el torero Manolo Cortés. Con ambos, Gómez Guadalupe tuvo ocasión de hablar sobre Miguelín, al que consideraban un gran torero, y por el que, sobre todo Manolo Cortés, sentía una gran admiración, tanto más llamativa si se considera que el estilo del sevillano poco tenía que ver con el de su admirado Miguel.
Gómez Guadalupe acudió a sus propios recuerdos para completar el retrato de un torero de mucho poder, gran banderillero y completo en todos los tercios, al que solo le faltó una cabeza un poco más ordenada para brillar aún más en el toreo. También le pudo perjudicar, quizás, que no definiera su estilo, entre tremendista y clásico.
Se recordaron especialmente dos hitos de la trayectoria de Miguelín: cuando se arrojó como espontáneo en Las Ventas, sin muleta y trajeado, a un toro de El Cordobés (se proyectaron las imágenes) y el gran triunfo que cosechó poco después en la misma plaza al participar en la corrida de la prensa, cortando seis orejas a tres toros, hito que nadie ha igualado.
Durante la participación del público se destacaron la importancia de determinados encuadres de la película, muy cuidados; lo llamativo del tratamiento del color rojo en la estética de la misma, con abundancia de escenas de agonía de los toros e incluso de secuencias en el desolladero; los contrastes sociales, puestos de manifiesto, por ejemplo, en las dos escenas de seducción o en el énfasis con el que la cámara se centra en el calzado de los costaleros que procesionan durante las escenas documentales de la
Semana Santa de Sevilla; el crudo retrato de la Barcelona de la inmigración…
Y, finalmente, una conclusión se hizo general: más que una película taurina, Rosi quiso hacer el retrato de una España no del todo comprendida por un extranjero como él, para lo que ideó la biografía de un torero como hilo conductor, algo de lo que en otras manos hubiera sido una serie de tópicos, pero que, al pasar por la mirada de su cámara, consigue trascender de esa condición para cristalizar en una obra nada convencional que satisface tanto a los amantes del cine taurino como del cine social.