lunes, 22 de julio de 2024

Emilio de Justo abre la Puerta Grande en una tarde importante de Victoriano del Río

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PATRICIA PRUDENCIO MUÑOZ/FOTOS EMILIO MÉNDEZ

Pamplona celebraba su quinto festejo taurino y su tercera corrida de toros en la que los matadores de toros Sebastián Castella, Emilio de Justo y Ginés Marín se midieron a los ejemplares de la ganadería de Victoriano del Río. Los animales tuvieron contenido, mostrando bravura y dando el juego y las opciones, dentro de un comportamiento variado, para el triunfo. Destacó el quinto, siendo extraordinario, aunque el segundo también tuvo cosas muy buenas por el pitón derecho. El peor de la tarde fueron el cuarto y el sexto, con los que poco se podía hacer. Castella dosificó tratando de llevar al primero de su lote, dándole mucho tiempo. Tampoco le dio muchas opciones el cuarto, con el que alargó su faena y falló con la espada. Emilio de Justo exprimió por el pitón derecho a un buen segundo de Victoriano del Río. Sin embargo, encontró la expresión y el poder con el quinto, un toro extraordinario al que le cortó dos orejas. Ginés, destacó por sus estocadas y su toreo al natural con una gran calidad. Estuvo firme, con un toreo profundo y lento con el que lo cuajó y le cortó una oreja a su tercero. Con el sexto estuvo muy por encima, a pesar de que no pasaba y se puso con el como si fuera bueno.

Castella saludó al abreplaza en un saludo lento, pausado, en el que se pudo estirar y llevar, ganándole terreno. Lo tanteó por ambos pitones, para después andarlo y sacarlo del tercio y pasarlo a pies juntos, dándole tiempo y sitio. Continuó por el pitón derecho, muy despacio, bajándole la mano a un toro algo incierto y protestón, descomponiéndose en la salida. Le dio mucho tiempo entre muletazos y más aún entre tandas. Al natural lo abrió, primero le adelantó la mano, lo citó echándole los vuelos a la cara, teniendo que insistirle para que entrara. Acompañó la embestida de un toro venido a menos, sin clase ni entrega, quedándose corto y obligando a Castella a mimarlo en exceso, construyendo su faena a base de tandas muy cortas. Siguió pasándolo, sin deslucir, recuperando el pitón derecho, esperando, buscando el acople en las distancias cortas, dando la emoción que al de Victoriano le faltaba. Falló con la espada.

Emilio de Justo recibió en su capote al segundo de la tarde y primero de su lote, un saludo en el que el toro clavó los pitones en el firme y dio una voltereta. Se alcanzó la faena de muleta y el diestro lo movió y cambió de terrenos para sacarlo del tercio y empezar a torearlo sobre el pitón derecho. Pudo aprovechar la movilidad del animal para repetir y darle ligazón aquel inicio de faena. Se cruzó y en la media distancia lo citaba, para después envolverse aquella embestida de celo y calidad. Tocó con firmeza al toro entregado y bravo de Victoriano del Río vistiendo cada uno de los muletazos. Cambió al pitón izquierdo, mucho más despacio con una embestida a la que por ese pitón le faltaba pulcritud y armonía. Punteaba la tela y deslucía en sus salidas por alto, tocando la tela y descomponiendo. No tardó en recuperar la mano derecha, por donde le siguió exigiendo. Culminó por ese mismo pitón, pero toreando sin ayuda, al natural. Con la colocación de la espada el toro se demoró en doblar.

El tercero de la tarde entró en el capote de Ginés Marín, que lo lanceó con despaciosidad y torería. En el quite, el diestro se lució por chicuelinas y espaldinas. Inició la faena de rodillas, pasando al toro por ambos pitones, con algún que otro pase cambiado por la espalda. Se levantó y remató aquel inicio de faena con el que metió a los tendidos. Continuó por el derecho, llevándolo en línea, aprovechando la prontitud y fijeza de un animal que le permitió la continuidad. Al natural, aquel toreo largo, asentado y profundo quiso llevar a un toro algo escaso en fuerza. Siguió con la mano izquierda con un toreo que humillaba, pero al que no le se le podía exigir en exceso. Retomó el pitón derecho, llevándolo muy despacio, mimando y aguantando aquella embestida a la que había que sostener, pero que no tenía mal son, que quería más que podía. Culminó con la muleta en la espalda para cerrar por bernardinas muy ceñidas. Mató con una estocada rotunda y fulminante.

Salió ligeramente suelto el cuarto de la tarde y Castella tuvo que buscarlo para bregarlo en su capote. El francés se agarró a las tablas para iniciar la faena, pasándolo por ambos pitones, sin moverse, esperando a que repitiera. Sin embargo, tuvo que ir a su encuentro y después doblarse con el para someter la embestida y pasarlo genuflexo. Castella le dio tiempo y después le siguió por el derecho, encontrando una respuesta intermitente que parecía ir a más. Lo buscó a pitón contrario, corriéndole la mano, bajándosela a un toro que obedecía, que colocaba la cara, que humillaba y le seguía el engaño. Dosificó y le dio salida, pero siempre preparando la tela para mostrársela en la cara. Sin embargo, no era del todo claro, soltando la cara al sentirse dominado. Cambió Castella al natural, que marcó el trazo con la ayuda, sin encontrar emoción ni entrega, punteando la tela. El toro lo empaló por la pierna derecha, lo levantó y volteó, quedando en el suelo a merced de un animal que fue excesivamente noble y que no hizo por él. El de Victoriano del Río desarrolló, buscando e imposibilitando la faena de un diestro que estuvo por encima. Aún así siguió insistiendo, alargando la embestida. Falló con la espada.

Saludó Emilio de Justo al segundo de su lote con variedad, a base de verónicas y chicuelina. Se alcanzó la faena de muleta y decidió llevarlo por abajo, genuflexo, sometiéndolo para después decidirse por el pitón derecho. Lo citó y buscó a pitón contrario, metiendo a un toro en la muleta que tenía contenido, embistiendo con profundidad y repetición en las demandas de Emilio de Justo. Siguió sobre el derecho, dándole salida, para dar el paso atrás, dejársela puesta y ligarlo. Lo mostró por el izquierdo, pasando en largo, siempre humillando, que siguió la tela con la cara abajo. Permitió la expresión aquel toro de Victoriano del Río con el que encontró un perfecto acople en el toreo templado. El animal se mantuvo fijo en unas tandas en las que una vez podido, Emilio de Justo se dejó llevar, gustando y gustándose. Cerró con doblones por abajo y una gran estocada con la que el toro se tragó la muerte.

El cierraplaza entró en el capote de Ginés Marín pero sin terminar de emplearse. Inició la faena entre probaturas por abajo, ganándole terreno con doblones. El animal no ponía de su parte, que no terminaba de pasar y aunque obedecía pasaba lo hacía con sosería, sin entrega. Continuó por el pitón derecho, empujando una embestida muy agarrada al piso, quedándose a medio muletazo, exponiéndose con un toro que no tenía nada dentro. Siguió por aquel pitón, citó, marcó y pasó, tratando de llevarlo lo más tapado posible. Estuvo muy por encima de un toro de Victoriano al que tuvo que insistir, dándolo mucho tiempo entre tandas e incluso muletazos, reestructurando y volviendo a componer. Se puso como si fuera bueno y continuó al natural, llevándoselo a la cadera, siendo muy deslucido, añadiendo el peligro sordo que llevaba dentro. Siguió pasándolo por el derecho hasta que cambió la ayuda por la espada y colocarlo en la suerte suprema. Todo un espadazo con el que el toro dobló rápidamente.

Pamplona. Toros de Victoriano del Río. Los animales tuvieron contenido, mostrando bravura y dando el juego y las opciones, dentro de un comportamiento variado, para el triunfo. Destacó el quinto, siendo extraordinario, aunque el segundo también tuvo cosas muy buenas por el pitón derecho. El peor de la tarde fueron el cuarto y el sexto, con los que poco se podía hacer.  Sebastián Castella, silencio tras aviso y tras dos avisos; Emilio de Justo, ovación y dos orejas; Ginés Marín, oreja y ovación.

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